23 de junio de 2015

Martes de Iniciativas: Cuéntame tu historia IV

¡Hola mis páginas!

Hoy es martes de iniciativas y, por si no lo habéis visto, en el menú encontramos el apartado secciones donde hay unos hipervinculos muy cukis para cada tipo de entrada (cortesía del aburrimiento y una servidora) pero empecemos, que me tengo que ir después a casa de Booklover para celebrar San Juan.

Físico: estatura pequeña, ropa vieja, desgastada y rota (sudadera gris, vaqueros negros, camisetas monocolor)
Personalidad: sumisa, callada, silenciosa, deprimida
Edad: 15 años
 La consulta del doctor
Nunca he creído en cuentos de hadas, tampoco me han dado la oportunidad para hacerlo. Aunque parezca la cosa más típica del mundo, el prototipo de chica autosuficiente, divertida y realista que enamora a los chicos malos con un pasado triste en los libros, no soy así. Me encantaría ser la princesa de los cuentos para niñas, e incluso tener un estúpido pony llamado  Arco iris  que bailase. Vale, quizá eso es pasarse, pero sabéis a lo que me refiero.

Uno de los muchos motivos para ser tan fatalista a mi corta edad, 15 años a penas, es por el mismo hecho que no creo en cuentos o historias: La confianza. No me siento segura con nada y es que, estoy delante de la consulta del médico por culpa de mi madre. A ella es lo mejor que se le ha ocurrido para saltarse las charlas y caricias de madre, es demasiado para ella. Si hubiese una pizca de confianza o amor, porqué lo segundo también hace mucho en una relación, quizá y solo quizá no estaría aquí. Pero como tampoco me he quejado, me ha llevado como si nada. Siempre he creído que quejarse no vale la pena, total, la gente manipula de tal forma que consiguen lo que quieren tarde o temprano, ¿para que ponerles más piedras en el camino?

-¿No podías cambiarte antes de venir?-me pregunto seria, resoplando y levantando los ojos de su revista del corazón. Yo estaba jugando con mis gomas de pelo entre las manos, en silencio. Me encogí de hombros y suspiró.-No sé, siempre con ese vaqueros negros...están ya para lanzar.-finalizó posando una mano en la tela que cubría mi rodilla. Aparté mi pierna de entre sus garras y me giré, para no mirarla.

-Me gustan.-la oí suspirar y yo puse los ojos en blanco.-¿Es malo?

-Solo digo que me hace pasar vergüenza tu actitud y tu estilo de ropa. La sudadera esa tiene más bolitas que una caca de cabra.-noté una ligera risita en lo último, se reía de lo que ella misma decía.-¿Y no tienes ninguna camiseta con estampado? No entiendo como no haces como las chicas de tu edad. Yo con quince años me vestía muy elegante y siempre era educada con mis padres delante. ¿Me devuelves el favor?-me susurró. Me apoyé en el respaldo de la silla y me alisé un poco la ropa. Me beso la punta de la cabeza.-Gracias.

Cuando nos llamó el médico para entrar estaba cansada. Era el cuarto el que veíamos, pero claro, nunca dejaríamos de hacerlo. Ese como mínimo no trataba de aparentar mi edad, eso le dejaba la dignidad en su lugar. Me senté en la silla blanca y fría y mi madre al lado. El hombre inspeccionó entre unas hojas y levantó la mirada por encima de la montura de sus gafas metálicas para mirarme y volver a ellas.

-¿Cómo vas Sonia?-dijo dejando las hojas bien ordenadas en sus sitio y cruzando sus brazos, para después mirarme seriamente. Me encogí de hombros y solté la mano de mi madre para yo también cruzar mis brazos.-Eso no es lo que me ha dicho tu madre. ¿Me lo contarás tu o ella? Sabes porqué estas aquí.-Asentí suspirando.-Muy bien, dime.

-Me encontraron ayer.-me siguió mirando y yo rodeé mis ojos.-Después de una semana desaparecida.
-¿Y cómo estabas?-miré a mi madre y movió la cabeza para que respondiera.

-Inconsciente por culpa de sustancias estupefacientes.

-Drogas.-concluyó él y asentí de mala gana.-Y bebida.-volví asentir.-Estuviste una semana viviendo en la calle y, por el informe de la policía y varias declaraciones, tus amigos te traían comida e ibas a casa de ellos a dormir sin que sus padres lo supieran.

-Pues si, pero eso no tiene porqué hacerme ir a una psicólogo.-contraataqué.

-No es el hecho. Aunque eso también merece la pena hablarlo.-comenzó sacando una hoja y un bolígrafo.-Pero a lo que me refiero es si tiene que ver con tu expediente.-me encogí de hombros.-¿Culpas a tu madre?

-No.-musité. Pero si lo hacía. Claro que la culpaba.-No del todo.

-Cariño, has de entender que no fue culpa de nadie.

-Pero si lo fue, y fue tuya.-dije sin mirarla. Ella soltó unas lágrimas y el doctor le pidió que nos dejara solos. Le estudié y suspiré.-Puedes saber que me pasa, pero no significa que me puedas curar.

-Tu padre murió en un accidente, Sonia. Si, tu madre conducía e iba borracha. Si, tu padre intentó frenarla pero ella no era consciente de sus actos.-solté aire de forma pesada notando como un remolino de gotitas se llenaban en mi parpados.-Sé que es duro tener una madre alcohólica, pero no debes tener los mismos o peores problemas que ella. Esta en terapia y no la puedes abandonar.

-¿Pero ella si puede?-dije con la voz quebrada.-A ella no le importó la idea de abandonarme esa noche. Volvió con la cola entre las patas después de eso, porqué se sentía fatal.

-Lo sé, pero debes perdonarla. Ha cambiado.-dijo serio, con una tez inescrutable.-Me gustaría que fuera a una terapia de grupo, con chicas y chicos con tus problemas.

-¿Puedo dar mi opinión?-negó y resoplé.-Entonces no sé a que venía lo de "me gustaría", valdría más un "vas a".-finalicé poniendo comillas con los dedos.

-No seas así Sonia, sabes que me cuesta entenderte.

-Pues mira que lo tienes fácil.-dije seria.

-Es la conversación más larga que hemos mantenido. El 90% del tiempo estas callada sin mirar a nada.-me levanté de mi silla y él también.-¿Sabes que solo yo puedo decir cuando termina esto?

-Si, pero, ¿me deja hacer una cosa antes de terminar?

-Adelante, pero no hagas nada imprudente.-asentí. Vi el gran ventanal, estaba abierto. Planta 25, muerte al acto. Miré al doctor y después el ventanal, y repetí la acción. Se dio cuenta de mi plan y me tomó por la cintura clavando los pies en el suelo mientras yo trataba de correr hacía la ventana.-¡Sonia!¡Para de una vez!-me tomó de los hombros y acercó nuestras caras.-Tampoco somos tan diferentes, y te intento entender cada día un poco.
Bien, él tenía 22 años, pero no quería decir que me entendiese. Por llevarnos menos de diez años no quitaba que nadie me entendiera.

-¡No lograrás nunca entenderme!¡¿Me entiendes?!-grité acercando más aun nuestras caras.-¡Por el estúpido hecho de que pienses que dejarme con mi madre es lo mejor para mi!

-Yo no he dicho eso, lo dice el gobierno.-dijo serio. Suspiró y yo me relajé, estaba confusa y sorprendida.-Pero no tienes más familiares y tu madre no te pega. No hay pruebas de nada de lo que pasó esa noche. Aunque me encantaría echar a tu madre y llevarte conmigo, no me esta permitido.

-¿De verdad?-asintió. Las lágrimas salieron disparadas, no podía más. Acunó mi rostro entre sus manos.-¿No dejaras que me haga nada?

-Nada.-dijo sonriendo.-Pero debes dejarme hacer mi trabajo y debes dejar los malos vicios.-asentí bajando la cabeza pero él la volvió alzar.-Sonia, ¿confías en mi?
Asentí y le miré a los ojos a través de las pocas lágrimas que ya salían. Por inercia, le examiné. Su pelo atado en una colita por detrás dejó caer un pequeño mechón. Notaba como sus grandes manos estaban empapadas por mi culpa y como esos ojos negros estaba fijos en mi. Sus gafas colgaban de su cuello. 

Sin darnos cuenta, nuestros rostros se iban acercando y nuestros ojos se cerraban y, durante unos largos segundos, nuestros labios se unieron.




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