23 de julio de 2015

Jueves Escritores: Cuéntame tu historia VII

¡Hola mis páginas!

¿Cómo os prueba el verano? Aquí con mucho calorcito y con ganas de ir a la piscina o a la playa :'( Bueno, hoy vamos hacer un jueves medio martes, suena raro pero como soy rara lo tengo permitido. Así pues, demos paso a nuestro siguiente "Cuéntame tu historia". (Click en el link si te apetece participar). Vamos a ver que requisito nos proponen...

Como bien apuntó mi querida Devi en su último relato, de nuevo me toca hacer una propuesta temática, en esta ocasión coincidiendo con la Navidad.  Como el periodo navideño es más extenso que un solo día de Halloween, tenéis todas las vacaciones para ambientaros. Así que nos preocupéis, que vuestras historias no estarán desfasadas ;) Así pues, en esta ocasión el único requisito es que vuestro personaje esté relacionado de alguna forma con estas fechas. Podéis inventaros lo que queráis. ¡Ánimo y a por ello! 



Una Navidad de Trabajo

Ese día no era el día de Laia, sin duda alguna. Cuando su despertador sonó por fin, ya era tarde. Eran las ocho y cuarenta y ella entraba a trabajar a las nueve. Laia se duchó, vistió, desayunó y preparó como alma que lleva el diablo, y nunca se había dado cuenta de lo rápida que puede llegar a ser. Tomó el primer taxi que vio y no dejó de mirar la ventanilla en ningún momento, a pesar de ella saber que no iría más rápido por hacerlo. 

Cuando sus pies, cubiertos por los tacones negros de trabajo, tocaron el sucio suelo de la calle, no perdió ni medio segundo en ir hasta su edificio y fichar. Sus ojos volvieron a su muñeca, eran las nueve y quince. Un cuarto de hora, nada mal. Se metió en el ascensor con varios empresarios y accionistas, y aguantó los villancicos que sonaba en el asfixiante aparato metálico. Si, era Navidad, pero no era un motivo de júbilo para Laia.

Se dejó caer en su cubículo y miró por encima de este a todo el departamento, que estaba lleno de luces, música, galletas y gente con estúpidos suéters con renos y sombreros rojos. Todos parecían animados y emocionados, hoy era 24 de diciembre. La empresa empezaba vacaciones en unas pocas horas y parecía notarse en el ambiente.

-¿Tu siempre debes vestir como en un entierro?-Preguntó una voz de hombre, Laia giró su vista para ver a Marcos apoyado en la pared del cubículo y este sonreía con diversión.-¡Anima esa cara, Laia!

-Por favor Marcos, comportate.-Le riñó con bochorno.-No es mi día.

-¿Con quién pasarás Navidad?-Continuó él, evadiendo su pregunta. Laia lo estudió, pensando una mentira óptima mientras miles de cálculos sobre la empresa se cruzaban en sus pensamientos. Decidió encogerse de hombros, no tenía nada mejor que hacer.-¿Nada?

-No, con nada ni nadie.-Afirmó ella más decidida.

-¿Y tus padres?

-Si me das un billete para devolverlos del cielo, seguramente con ellos.-Dijo ordenando sus papeles y empezando a escribir números en ellos. Miró de reojo al chico y vio arrepentimiento en sus ojos.-No te preocupes, no me he ofendido.

-¿Y tu novio?

-¿Y tu discreción y vergüenza?-Sonrió, acomodándose más en la pared. Laia rodó los ojos y siguió con el papeleo, hasta hartarse de la presencia del muchacho.-Marcos, no tengo novio.¿Contento? Ni novio ni novia ni ligoteo ni hijos bastardos ni amigos, nada. Ni siquiera tengo mascota.

Marcos la miró unos segundos que le parecieron una eternidad. Se mordió el labio nerviosa, esperando que esos ojos café dejasen de escrutarle. Su pelo castaño brillaba con las luces del departamento y las luces navideñas de decoración hacían parecer al sitio cual discoteca. Sin más, asintió y se fue. ¿Qué significaba eso? A Laia le sacaba de quicio que ese chico tuviera sus momentos de misterio.

Esa mañana la pasó entre papeles, algún comentario de Marcos, chocolate caliente y luces de colores parpadeantes. Al sonar el grandioso reloj la mayoría estalló a gritos de emoción, pero ella solo se llevó la mano a la frente, tocando su dolorida cabeza. Decidió salir antes de que la manada lo hiciera y no se despidió de nadie. Ni siquiera de su extraño compañero, aunque no lo vio tampoco. Mirando los escaparates, observó una camiseta de hombre donde ponía con letras navideñas:"Este año Santa Claus te trajo a mi como regalo, ¿jugamos?". Tan divertida encontró la ocurrencia que la compró y, sin pedirle permiso o preguntar, se la envolvieron de regalo. Era tan bonito el papel que lo dejó intacto, esperando a llegar a casa para usarlo como posible pijama.

La nariz se le heló y quiso dejar de ver a parejas besándose. Laia pensó que Marcos se hubiera reído de lo melosos que eran y sonrió para si misma. Tomó un taxi y llegó con velocidad a su piso. Metió las llaves en la cerradura y entró en la casa, donde había decoraciones que nadie vería ese año. En su lista de propósitos, apuntó hacer más amigos. Pasó el día preparando una cena de Navidad que seguramente dejaría sobras para dos días en la nevera y puso el regalo de la camiseta debajo del árbol, sin saber muy bien porqué. Quizá quería sentirse menos sola, pensar que alguien había tenido un detalle con ella.

Cuando las nueve de la noche se marcaron en el reloj, alguien llamó a la puerta. Se dirigió a la puerta, preguntándose quien era y no pudo evitar mostrarse estupefacta al ver a Marcos en la puerta.

-¡Feliz Navidad!-Gritó entrando, dejando a Laia con los ojos desorbitados en el marco de la puerta. Se giró para mirarlo y vio una botella de champange en una mano y una caja de regalo en la otra.-Como los dos pasamos solos la Navidad, pensé en mejor tener a otra solitaria conmigo.

-¿Qué?-logró decir al fin y Marcos rió.-¿Vas a pasar la Navidad conmigo?

-Sí, además, huele de maravilla.-Alzó su mentón, oliendo los aromas de la casa.-Puedo,¿no?

-No encuentro nada malo así que...-tragó saliva.-Claro. Dame el abrigo.

El chico se lo tendió y dejó la botella en la encimera de la cocina. Después se quedó contemplando a su compañera, aunque ella estaba demasiado ocupada haciendo la sopa. Dejó el caja debajo el árbol y volvió a la cocina. Marcos llevaba mirando a esa chica desde el primer día de trabajo. Como su cabellera negra bailaba por si sola, como esas manos pequeñas tecleaban la calculadora, como esos ojos miel mostraban inseguridad.

Marcos podría decir que Laia era la chica más tierna de todo el mundo, puesto que cada faceta suya era adorable. Aunque también se había fijado en sus atributos como mujer, y no los rechazaba para nada. Sus pensamientos fueron cortados cuando la morena le tendió un planto de sopa y se sirvió otro para ella, comiendo en silencio.

-Tu casa es bonita, me gusta.-Comentó para cortar el silencio. Ella asintió sin mirarle a los ojos.-Aun me pregunto como dos sujetos tan guapos como nosotros podemos pasar la Navidad solos.-Y esa frase provocó la sonrisa de la chica, a la vez que la felicidad de Marcos. Terminaron de cenar entre bromas y anécdotas, para sentarse en el sofá. Marcos miró el extraño paquete que no había dejado al lado del suyo, y tomó los dos.-¿Puedo?

-Eh, mejor que no...No creo que sea de tu estilo.

Abrió el suyo con lentitud, admirando los lazos del papel que se dehacían y los dibujos de este. Cuando abrió la cajita para ver un peluche de un pinguino miró al chico, que asintió al ver su emoción.

-Dijiste que no tenías ni mascota. Como no sabían si las permitían en tu edificio, pensé en otro tipo de mascota.-Se justificó. Laia volvió a sonreír y lo abrazó. Los dos se sintieron cálidos entre sus brazos, pero no pidieron más tiempo para disfrutarlo. Marcos, a pesar de las advertencias, se apropió el regalo y se dispuso abrirlo.

-Mejor me voy, no quiero ver tu reacción.-Dijo de repente pero el chico la tomó por la muñeca con picardía. Tragó saliva.-Está bien, pero sino te gusta te avisé. La compré para mi.

Destrozó el papel de regalo y abrió la caja. Miró el mensaje de la camiseta y no pudo evitar mirar con soberbia a la chica, alzando una ceja. Ella enrojeció y miró hacía otro lado.

-Me gusta, me la quedo.-Asintió para si mismo y Laia rió, sin creer la profunda convicción de su...¿qué era Marcos? Se quito su camisa y se puso la camiseta, sin Laia poder tentarse con la visión de su torso. Decidieron mirar la televisión en silencio, mientras imágenes de la película anvideña cruzaban sus ojos. Cuando las doce se marcaron, Laia y Marcos se miraron. La chica sonrió.

-Feliz Navidad, Marcos.

-Feliz Navidad, Laia.



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